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El cofre de Caronte

El escritor, … ¿es un loco suicida o un cobarde esquizoide?  ¡No lo sé! No, no lo sé y me pesa no saberlo, créeme. Me crispa no tener respuestas… Mi ignorancia pesa sobre mí, como pesan los grilletes de las botas del condenado que atraviesa la milla verde. Me produce nauseas tan terribles como las del viajero de un barco a la deriva que, en medio de una tormenta, siente sus vísceras cálidas y mojadas, ascendiendo hasta el gaznate. Te diré que siento unas inmensas ganas de llorar, como un lactante sin pecho, como una mujer que pela cebollas y, mientras seca sus lágrimas y su tez sudorosa con un pañuelo sucio, toma de pronto conciencia de que su maldito destino está ahí mismo, ante sus ojos: el futuro para ella se resume en deshojar bulbos terrosos con los que condimentar una sopa en la que nadan indolentes todos sus sueños ahogados.

No lo sé, te lo juro. Si pudiera, te diría algo más erudito que ésto. Algo  que llenara el vacío de un alma que no sabe para qué pena errante. La pregunta me agota incluso antes de pronunciarla en alto.  ¿Somos desertores o valerosos soldados en la Batalla de los Cien Años? ¿qué es lo que somos? Ya ves que no puedo contestarte. Lo siento.

Está bien, está bien. Déjame que lo intente, al menos. Tal vez se escribe para huir. Uno puede imaginar fácilmente que la pluma es un caballo bravo que se embrida con maestría en una noche lluviosa de invierno, y que, a la orden del “Arre” que brota desde la voz cavernosa del poeta, la bestia te lleva galopando lejos, muy lejos de todo lo conocido, sobre todo de ti mismo. Y, en ese caprichoso éxodo, cuando se alcanzan las antípodas del yo, uno por fin se abandona y se extingue a orillas del lago Aqueronte,  aguardando el gozo de nacer de nuevo en otros, en Ellos.  Los otros, hombres y mujeres poseídos, marginales, ruidosos, salvajes, zombis, esclavos… Malditos personajes que graznan  aguardando impacientes tu llegada, dentro de una caja sellada y oblonga bajo la custodia de Caronte.

El barquero ríe al verte. Te esperaba. Se sienta y se encoge sobre sí mismo, artrítico y huesudo,  mientras calcula las horas que faltan para que llegue su turno. Promete si accedes a pagarle el precio debido, que aplaudirá al final de la función. La negociación se cierra. No tienes elección. No hay más público que Caronte. Estás vendido y los dos sabeis que su posición es ganadora. Te entrega la caja y  la llave, con una mano que insinúa que es garra de hielo. Luego sonríe y te enseña una boca sin dientes antes de caer dormido en un sueño incierto que durará  hasta que llegue el momento de partir hacia el infierno.

Arrastras el pesado ataúd por el suelo. La huella de la caja deja marcas feas, surcos en la tierra lodosa en la que se orilla la vida. Finalmente el cofre se abre con un lamento agudo y, das un paso atrás, justo antes de que comience a emerger de su interior un extraño ejército de cuerpos vacíos, ligeros y llenos de costuras; saltan puñados de cáscaras con pedazos de frutos descarnados y sagrantes  que resultan del bárbaro festín de una bandada de cuervos hambrientos, flotan en el aire cientos de sombras chinescas sin identidad impregnadas de negro de la más negra oscuridad, grotescas marionetas de cuerdas rotas, huérfanas de un padre titiritero. Es el circo de renglones torcidos. Ese es el instante que esperas. El momento.  Por fin, de tu enjuta silueta, jorobada y deforme,  emerge el Escritor que llevas dentro. Se yergue por encima de esos seres a medias y los mira con afecto paternal.  Piedad. Amor con mayúsculas. Deseo. Ese es el segundo fugaz, el efímero momento en el que tu existencia insignificante cobra sentido. Luego, podrás dejarte ir. Te permitirás morir con la absoluta conciencia de que escapaste de tu propia vida o bien de que saliste a su encuentro. Podrás decidir si eres el héroe de una narración épica o el pícaro indecente que esconde la mano después de  tirar la piedra.

Pero no. Haces tu teatro y pones tus creaciones a danzar en el baile siniestro de las caricaturas que has creado con tu pluma y antes de que el barquero abra sus ojos y aprese tu alma con su hoz maldita, corres. Corres como alma que lleva el diablo y subes al caballo bravo que relincha valiente y galopa con las crines al viento y los músculos tensos robando la vida al mismísimo barquero de Hades. Un grito helador te revela que Caronte se sabe burlado. Y que jura que te dará caza más pronto que tarde. Mira siempre a tu espalda, te dice. Porque cuando menos te lo esperes notarás mis nudillos helados apresando  tu hombro encorvado para cobrarme lo que es mío. Esas palabras se pierden en la espesura de la noche, pero resonarán una y otra vez en tu cabeza cansada. Para siempre.

Te has librado. Por un segundo o dos tal vez. No mucho más. Ese es el secreto.

Debes saber que yo ya he regresado de mi viaje varias veces. He ido a morir a Hades y he vuelto más tarde a la vida. Pero no,  no  he resucitado. Cuando escapas así de la Muerte, eres solo un No Muerto cautivo en una tierra de vivos. Vago sin rumbo. Subsisto. Me limito a mirar alrededor y veo desde mi cenagal de podredumbre la dicha de los que viven sin el dolor de que vivir duela. Les envidio y deseo succionar su sangre para que las tinieblas desaparezcan y duela menos mi condena. Espero pero no tengo esperanza de redención. Aunque todo eso da igual, porque haga lo que haga todo se reduce a esperar al maldito caballo. El viaje hacia el otro lado. A que todo empiece de nuevo.

Y ocurre. Siempre ocurre. Y Caronte no recuerda que eres tú el que se zafó de sus garras en una ocasión anterior.

No lo sé. Ya te lo dije. No sé si se trata solamente de huir o, al contrario, de plantar cara a lo que sea que nos dirige. No sé si robamos vidas ajenas o si, por arte de magia, nos tornamos divinidades y creamos de la nada seres que rellenan los huecos por los que entra el frío helador de la Muerte en el alma humana.

¿Qué demonios somos? ¡¡¡Dilo de una vez!!!

No grites. Te escucho. Hago lo que puedo por darte una respuesta. Verás, si releo todo el escrito podría decirte que somos pobres drogadictos que esperan entre horribles dolores un nuevo chute del peyote de la tinta y de las letras. Pero quizás es algo más sencillo y menos romántico. Somos los que esperan, con una moneda bajo  la lengua, a que pase el barquero de les Hades para cruzar solo un instante y echar un vistazo en el otro lado. Eso sí, regresando para contar lo que vimos, aunque por inverosímil los humanos concluyan que eso que escribes era solamente una obra de ficción.

 

 

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