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El reflejo

 

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Dicen que no ve su reflejo en el espejo y que fue eso lo que terminó de enloquecerla. El reflejo es importante. Te miras y ves lo conocido, tal vez tu rostro envejecido, con la tez de pergamino y la azotea algo nevada, pero eres tú y esa instantánea inversa te confiesa que eres real. Pero ella no lo era. No se veía en el espejo. Tal vez se había convertido en uno de sus personajes.

Una mañana se venció y se levantó de la cama. Llevaba tiempo sin hacerlo porque no había encontrado una buena razón para ello. Pero ese día había decidido pintar. Quería cambiar las palabras por trazos, porque le parecía que a veces las palabras eran puñales y las imágenes, quizás, podían ser más amables y menos crueles que verbos y sustantivos.

Se puso un jersey negro de cuello de cisne, unos anchos pantalones altos de talle y zapatos masculinos. Luego cogió del vestidor un tocado de plumas de estilo años veinte y un collar infinito de perlas. Inspirador. Perfecto. Un atuendo para engañar, para ser otra más despreocupada y decidida. La nueva sonrió satisfecha.

Fue hasta el tocador. Uno de esos con luces alrededor del espejo, como los de los camerinos de las cabareteras francesas. Se sentó dispuesta a desenredar su melena corta y oscura, con un flequillo que enmarcaba con maestría una tez angulosa y una nariz rotunda. Buscó sus ojos graves, del color del agua sucia, en la profundidad del cristal de su tocador de artista, pero no vio más que su habitación vacía, de silencios tangibles, con la cama deshecha, las sábanas desbordantes, coronado el conjunto por el enorme cabecero de piel. Ella no estaba allí.

Palpó con urgencia y desesperanza el espejo, como si tuviera recovecos y escondrijos donde hubiera podido ocultarse ella de sí misma. Despegó el mueble de la pared para verificar que no estuviera en el reverso agazapado, su reflejo díscolo y huidizo. Miró debajo de la cama, en la bañera de loza blanca, en el vestidor hecho a medida, en la mesita de noche, en el joyero de nácar. Su reflejo no estaba en ninguna parte. Pensó que tal vez nunca había estado. Que se puede vivir sin reflejo o tomar prestado el de otros. Y que eso era lo que había hecho ella, disimulando detrás de los ramos de flores y del te de las cinco en vajilla de porcelana inglesa. Se disimula mejor ocultando secretos tras las trivialidades. Una de esas sublimes ironías del destino.

Pero ahora ella no sabía quien era. No era real. Tal vez llegados a este punto la tierra no girara alrededor del sol, los virus no matasen y el hombre fuera bueno para el hombre. Sin su reflejo su sistema de creencias se derretía como la escarcha en una mañana de primavera. Tal vez sus novelas no eran invención suya ni su hija se había caído a la piscina ni la habían encontrado flotando con su pelo hinchado como una esponja y su cuerpo inerte y frío como un nenúfar con el tallo quebrado.

Sin su reflejo nada era real y todo podía ser cierto. Incluso las mentiras.

Dicen que enloqueció cuando dejó de ver su reflejo en el espejo.

Ella dice que, precisamente, eso fue lo que le devolvió la cordura.

Cogió un pincel y se pintó en el lienzo. Por fin se vio.

 

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