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FRIJOLITOS

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Cuando Jason entra en la tienda de comestibles, se acuerda de los consejos de su compadre Eladio. «Camine ligero, ¿me oye? Como lo hace la gente honrada. No vaya a dejar que huelan su miedo. Ándele, brother, deprisita, que es pa’ hoy».

Eso es lo que trata de hacer. Pero no sabe cómo. El miedo apesta y deja un rastro del demonio. No hay quien lo esconda, güey.  Los pies le pesan del carajo, las manos sudadas tiemblan en sus bolsillos y le cuesta tragar esa saliva densa y pegajosa. Tiene un nudo en la garganta. Eso no les pasa a los tipos honrados, seguro. Tiene una maldita bola que obstruye sus vías respiratorias. Lucha silenciosamente porque el aire fresco entre en sus pulmones, pero esa bola sube y baja, y nada, no hay manera. Se ahoga. ¡Cálmate, maldito!, reprende a ese músculo imbécil que tiene por corazón, pero éste ni caso. Late a doscientos.

No lo conseguirás, dice una vocecita interior y nota que se pone cada vez más colorado y el corazón sigue salido de madre. Es el fin. Porque los que no lo consiguen no solo no entran en la banda, sino que se convierten en blanco fácil de los que si lo hacen. Y los loser son los que al final acaban asesinados en la cuneta, por los mismos hijos de la chingada que hoy lo ponen a prueba. Y lo último que uno sabe de ellos, es que acaban engrosando la estadística de crímenes de la city. ¡No, güey, él no quiere acabar así!

Inhala y exhala cada vez más deprisa, como una parturienta primeriza. Las dependientas, que parecen abejas en la colmena, van y vienen ordenando mercancías en los estantes, sin fijarse mucho en él. Menos mal. Agarra dos botellas de ron y las esconde en la cinturilla de sus pantalones holgados, que tanto le bailan a pesar de los tirantes.

Una llamada a su espalda le hace girarse apresuradamente. Siente que todo gira a su alrededor y que necesita agarrarse a algo para no caer. No ve nada. No hay nadie. Pero entonces baja los ojos y una ancianita revieja y encorvada lo agarra fuerte del brazo con sus dedos artríticos y retorcidos.

—Disculpe joven, ¿podría usted alcanzarme esos frijolitos?

La comadre es como su agüelita que en paz descanse. Algo le toca muy dentro.

  —Claro, mi vieja. Aquí lo tiene.

Se lo coloca amorosamente en la cesta. La mujer le agarra la mano con una fuerza impropia para su edad y le dice:

  —Gracias mi hijo. Dios te lo pague. Eres un buen tipo.

Jason, temblando, se acerca hasta ella y la abraza.

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