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Historias en torno a Ernesto

Si Quevedo hubiera visto a Ernst en una de esas curvaturas del espacio tiempo donde se juntan los siglos, hubiera dicho de él que fue un hombre a una barba pegado. A una barba superlativa. A una espesa mata de algodón blanco con la que bien hubiera podido tejerse una prenda de abrigo.

Sin embargo el belicoso Quevedo descansa en paz en el cielo de los escritores, o en el sitio que haya al otro lado previsto para que se junten, y no den mucha guerra, los que en vida blandieron sus plumas. Así que dejemos al clásico que siga con sus misivas a Góngora y centrémonos en la foto.

Como mujer que soy, lo primero que diré del malogrado Hemingway es de una obviedad que asusta: el escritor tenía un rostro agraciado, algo irresistible, que exudaba feromonas, que atraía a las féminas como los imanes al metal, algo parecido a lo que le pasa hoy por hoy al actor Sean Connery. Tiene ese halo varonil fusionado con un punto canalla, que en su tiempo debía tener mucho encanto si no te tocaba aguantarlo todos los días, claro. Vamos que el bueno de Ernst estaba muy bien como experimento, para un ‘aquí te pillo aquí te mato’ o para una cena romántica de una noche. Como cantaba Serrat, para una alegría de una sola vez.

Porque si piensas en el día a día de cada una de sus cuatro mujeres la cosa cambia y mucho. Su apetencia por las faldas se adivina en su mirada de depredador. Si fuera animal sería un león, una fiera autoproclamada rey de la selva. Pero incluso si eso como pareja no supone un problema y se asume, como se asumen las almorranas, los michelines, las patas de gallo y otras inconveniencias de la vida, la cuestión es que este tipo tiene un entrecejo surcado por líneas de expresión, que cumplen perfectamente la misión para la que la naturaleza pensó en ellas:  hacernos saber que el tipo era un cascarrabias.

Me lo imagino sentado, mientras escribía El viejo y el mar en una de esas atractivas casas que compró con cada una de sus esposas. Dicen que con cada matrimonio se mudaba de casa. Aunque fue un aventurero y no estuvo mucho tiempo quieto en ningún sitio.

Hace calor y está de un humor de perros. Se rasca el cogote y aparta las moscas. Tacha una palabra. Se arrepiente y la escribe de nuevo encima del borrón. Suelta la pluma. Suspira y finalmente le grita a Mary, su mujer, que le lleve su pipa, que la ha dejado en algún sitio, quizás por el salón. No dice por favor, pero a ella no le extraña. Cierra el grifo y se seca las manos en un trapo blanco de cuadros rojos que tiene anudado en la cintura. Lo desata y lo deja en la encimera de la cocina.

Rebusca y encuentra el objeto anhelado por Ernst, y sube a entregárselo a su marido junto con la bolsita de tabaco. Aún tiene tiempo de decirle que el médico le ha recomendado que no fume. Es justo lo que Ernesto, con la importancia que le da su nombre (ya lo escribió Wilde), necesita para soltar un exabrupto, para pedirle que se vaya y le deje seguir trabajando. Ella no pestañea y se vuelve a sus quehaceres en la cocina.

Mary no debió tenerlo fácil. No era nada tonta y conocía el bagaje curricular de su marido en materia de conquistas. No ignoraba el hecho de que se tiraba a la niña de diecinueve añitos y largas pestañas, que pululaba siempre por los alrededores de la casa con sus shorts y sus carnes prietas. Pero a ella plim. Llega un punto en que la aspiración máxima de una persona es alcanzar algo de paz. Y Ernst era más atento con ella cuando tenía sus propios entretenimientos y, además, le dejaba su propio espacio.

Me da por pensar ahora, al verle serio y meditabundo en la instantánea, que Ernst tal vez tenía remordimientos de conciencia. O simplemente le deprimía el hastío de la vida cuando se ralentiza y se convierte de pronto, en una película lenta en la que no pasa nada. Puede que no sea nada de eso. Puede que su espíritu guerrero le llevara siempre a precipitarse hacia las cosas que le daban miedo. Puede que rumiara ese terror por la muerte mientras vio morir a todos sus amigos escritores. Y un día cualquiera puso esa misma mirada perdida en el infinito con la que sale en la foto y cayó en la cuenta de que morir le aterraba. Y claro no quedaba otra que mirar a los ojos al miedo, como mira el torero al toro, que a Hemingway le gustaban las corridas. Así, decidió acudir a sus brazos sin demora. Con fuegos artificiales y algo de bombo, que para eso los escritores con Pulitzer y Nobel en el bolsillo tienen dispensa para hacer lo que les de la gana.

Y entonces se disparó en la boca con su escopeta.

 

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