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La entrevista

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A las cinco y media en punto, Nora entra en las imponentes oficinas de Malcom Summers, en el Paseo de la Castellana. Sonríe al constatar que llega puntual. Le impresionan esos dos mil metros cuadrados destinados a reclutar a los profesionales más talentosos del país.  Y sonríe aún más cuando se repite que ella misma es uno de ellos.  La llamaron hace algo más de una semana para un proceso de un puesto en una multinacional cuyo nombre no le han querido revelar. Por supuesto, ella no dudó en aceptar cerrar una reunión con el consultor  que dijo pertenecer a la División de Jóvenes Talentosos, especialmente cuando él mencionó el rango salarial de la posición. Con treinta años, una no puede dejar de escuchar este tipo de ofertas profesionales. Lo quería. Quería el puesto, tenía aptitudes para lograrlo,  e iba a hacer lo posible porque fuera para ella. Al fin y al cabo, ella era talentosa, mucho. Nora aprieta el portafolios en el que lleva la carpeta con todos sus méritos actualizados a la fecha, como si éstos pudieran desvanecerse y dejarla desnuda en ese lugar de escrutinio y selección feroz.

En el mostrador de recepción, una chica joven con un piercing en la nariz le pide con gesto suplicante que aguarde unos instantes mientras termina de atender una llamada. Nora asiente.  Durante la espera juega  con un anillo de oro que lleva en su dedo anular. Unos segundos después, la recepcionista se quita el pinganillo y la acompaña a una sala  de reuniones amplia, presidida por una gran mesa ovalada de madera y decorada con varios lienzos abstractos. Es una sala fría e impersonal como casi todo allí. Da lo mismo como sean, siempre que sepan reconocer a un buen candidato, se dice.

«Siéntese, por favor. En breve están con usted», comenta la recepcionista antes de desaparecer. Nora obedece y se sienta un poco tiesa. Deja sobre la mesa una carpetilla que contiene su abultado Currículum de ingeniera con master de posgrado y cinco idiomas. Cuando se queda sola, aprovecha para arreglarse un poco. Estira las mangas de su americana azul, se coloca bien el cuello de la camisa,  se tira de la falda hacia abajo y cruza las piernas para un lado. Luego las descruza y las cruza para el otro. Cierra los ojos. Respira profundamente porque ha leído en algún lado que eso ayuda a mantener una serenidad que es fundamental para causar la impresión que desea causar. Vuelve a jugar nuevamente con su anillo. Después, da golpecitos con las uñas en la mesa. Justo en ese momento llaman a la puerta. Se sobresalta y llevada por un acto reflejo, se levanta. Aprieta los dientes, fija la mirada sin pestañar y levanta el mentón. Son gestos estudiados frente al espejo que ofrecen una imagen de seguridad en si misma. Ella siempre lo calcula todo.

Entra un hombre trajeado, alto y de ojos azules que la saluda con familiaridad. De pronto  Nora siente que se marea y que le tiemblan las piernas.

— Hola Nora, cuánto tiempo sin verte — dice, mientras la mira de arriba abajo con una amplia sonrisa. Luego, como si nada, coloca unos papeles en la mesa y acercándose a ella, le tiende una mano.

Nora está parada como una estatua en el sitio. Tiene la boca abierta y los ojos más abiertos aún. Parpadea. No responde al saludo. No es capaz de articular palabra. Pasan unos segundos antes de que se le caiga el anillo de la mano y despierte de esa especie de trance. Se agacha corriendo a buscar la sortija, mientras pide disculpas. Por fin, reacciona.

— Alberto, no-no sa-sabía que trabajabas aquí — dice tartamudeando, sin darse cuenta de que evita mirarle a los ojos. Se sientan.

— Bueno Nora, es que hace mucho que no sabemos nada el uno del otro, ¿no crees? Aunque ahí juego con ventaja. He visto tu Curriculum. Enhorabuena ¡Es impresionante!

— La verdad es que no he parado en los últimos años — contesta Nora sonrojada. Nota que él la mira fijamente y, un poco incómoda, se aparta un mechón de la cara.

— Ya veo… ¿Sabes? Justo venía pensándolo. Es una pena. La posición para la que te hemos llamado es una oportunidad laboral extraordinaria. Es una de las mejores empresas del país. Y tú tienes buen perfil… Pero sabes que no puedo recomendarte. Es un puesto que requiere una enorme capacidad para soportar la presión y mucha templanza. Me temo que sé demasiadas cosas sobre ti. No sé si encajas en el Programa de Jóvenes Talentosos, la verdad.

— Eso fue hace mucho, Alberto. Ya no soy esa Nora. Puedes ver en mi Curriculum que he asumido puestos de responsabilidad en los últimos años y aporto cartas de recomendación de varios jefes —. Le entrega la carpetilla —. Estoy acostumbrada a trabajar por objetivos,  he manejado situaciones con estrés con éxito y he sido promocionada tres veces en los últimos años. Toda la información es contrastable — explica con rotundidad. Le tiembla un poco el labio pero intenta aparentar que está tranquila. Alberto parece disfrutar.

— Ya, pero esos jefes tuyos seguro que no saben lo que pasa cuándo olvidas tomar la medicación — dice con sus fríos ojos grises clavados en ella. Nora se mueve inquieta en su silla y entrelaza sus manos sudorosas.  Mira la mesa fijamente y no dice nada. Alberto continúa hablando. Pone su mano sobre las de ella —. Igual podemos cenar y me convences de que estás mejor, de que todo aquello es agua pasada y no debe afectarme cuando elabore el informe sobre tu candidatura.

Ella cierra los ojos y cuenta hasta tres. Luego los abre, y dice:

— Claro, Alberto, será un placer.

 

 

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