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LA MUÑECA PINTARRAJEADA

Karina está sentada en la estación. Espera y, mientras lo hace, apenas se mueve. Tiene sangre en varios dedos de morderse las pielecillas de alrededor de las uñas pero le da igual. Sus ojos grises, en otro tiempo expresivos y joviales, miran al infinito sin ninguna emoción. La gente camina por delante de ella como si nada, nadie la ve. Ella, que ha sido centro de todas las miradas, que acostumbra a brillar bajo los focos, hoy es solo una sombra translúcida, una muñeca pintarrajeada y grotesca.

No, hoy nadie la ve. Y sin embargo ella lo ve todo aunque desearía no hacerlo. Lo observa todo desde fuera de la escena. Todo es movimiento menos ella. Pisadas, voces, risas, alguien masca un chicle, una madre con dos niños de la mano, parejas, un jubilado, miradas que se cruzan furtivas pero se esquivan unas a otras, el olor de un perfume mezclado con sudor y con olor a café que proviene de la cafetería de arriba. Una voz femenina anuncia algo por megafonía con voz monótona. Todo va y viene.  Todo es velocidad.

Y bueno, ya sabes lo que pasa. En una ciudad como Madrid, si te paras un minuto, si no sigues el ritmo frenético del resto, pasas a ser atrezzo, te quedas fuera. Karina piensa que con solo dieciocho años se ha quedado fuera. Fuera de todo. Quieta en ese banco se siente acabada e inservible, y con un montón de sueños hechos trizas.  No puede soportarlo. Cierra los ojos y se retuerce los dedos pálidos y sudorosos con restos de sangre seca.  Se encoge aún más dentro de su abrigo de pelo morado, un abrigo de diva pensado para llamar la atención, pero que ahora le sirve para esconder la cabeza como un avestruz

¿Por qué no puede ser más fuerte, disfrutar del momento y de la fama como las otras? ¿Por qué no hace caso a Mario y se toma una pastilla que le ayude cuando no puede más? Porque seguro que engordan, se dice y le suena a chiste, pero es la verdad. La lucha contra la báscula es una competición contra sí misma. Siempre lo ha sido. Mario le anima, para eso es su representante. Le dice que solo le quedan ya un par de kilos para estar perfecta. Es solo un último esfuerzo.  Claro, para él eso es fácil. A él no le pesan los pies al caminar, no le dan taquicardias por la noche, no se le cae el pelo a mechones y no se le ha ido la regla. Él no cuenta las calorías de cada soplo de aire, ni se aprieta la cintura para ver si se toca con una mano la punta de los dedos de la otra, al marcar el contorno con ambas.

Qué locura. Karina sabe que se está matando poco a poco. Que en el mejor de los casos, su cuerpo quedará estropeado para siempre. Como la Lore, que murió de un infarto sin haber cumplido ni siquiera la mayoría de edad. O Carla que está tan enganchada a las drogas que no tiene reparos en acostarse con cualquiera para conseguirlas. O peor, vivita y coleando pero con una osteoporosis de anciana, que esos casos también los ha visto.

Sabe que solo tiene que ser valiente y decir ¡basta! Pero no puede. Ya no tiene el control. Porque… , ¿y si lo hiciera? ¿Y si volviera a su vida sencilla, sin focos ni flashes, sin portadas de revistas? Podría buscar trabajo de camarera y volver a tener el cuerpo de antes.

Recuerda las tardes con papá yendo a patinar sobre hielo y comiendo batido de chocolate. Qué felicidad. Sin dietas, sin tallas, sin castings. La vida prometía muchas cosas buenas para ella y se sentía segura con su padre acariciando su melena rubia. El la llamaba princesa. Y ella se sentía como una de verdad. Pero papá encontró otra princesa mejor que ella y las abandonó para construirse otra familia mejor.

Karina visualiza su último recuerdo feliz con papá y entonces algo le provoca una mueca de desagrado. Es su culo. A esa edad tenía un trasero redondo, fofo y caido. Las verdaderas princesas no son así. Son espigadas, lánguidas y delgadas. Nadie quiere a las gordas.

‘Por algo todas las niñas quieren ser modelos. Todas quieren ser como yo’, se dice. Qué orgullosos estamos de ti, se cruza en su interior el eco con la voz de su madre. Su madre resignada a su abandono tratando de evitar que los hombres hagan daño a su pequeña.

Todas quieren ser modelos. Todas menos yo. Sonríe triste, con una mueca llena de ojeras, de dientes y de pómulos.

Abre los ojos. De pronto sus pensamientos se desvanecen. Un ruido la saca de su letargo. Se anuncia la entrada del metro. Karina ya no piensa, se levanta despacio, arrastra los pies primero, luego flota, como las ánimas errantes vagan por el más allá. Se sitúa frente a la vía. Cuando divisa los faros del tren en la estación, sin pensar en nada, se tira.

Escucha de lejos unos gritos histéricos en medio de un dolor que la parte en dos. Luego, por fin, la nada.

 

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