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Ser o no ser

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Durante un tiempo quise ser.

Ser alta y guapa, ser delgada y tener los dedos largos y manos de pianista. Quería mandar y tener voz, para cantar o tal vez para ser escuchada, voz de soprano y voz de narradora. Además de todo ello, quería ser princesa en mi cuento,  que por supuesto tendría hadas y un príncipe con estudios superiores y un castillo y una bella calabaza tirada por caballos y un auriga que en otro tiempo hubiera sido ratón.

 

Sé que quise ser actriz y atesorar dos galardones de la Academia en una vitrina en mi mansión de Los Ángeles. Y que deseé irme a Camboya en misión de paz justo antes de lanzarme a buscar el Arca Perdida con Indiana. Esos aires de grandeza, ese afán aventurero me vienen, sin lugar a dudas, de cuando quise ser uno de los niños a los que cuidaba Mary Poppins.

Posiblemente, aunque no lo recuerde ahora, haya querido ser también la mala del cuento. Porque las chicas buenas se casan pero las malas van a todas partes. En algún momento seguro que quise ser mala y viajar por todo el mundo, hablar otros idiomas, miles de lenguas y dialectos que me están vedados. Y conocer cosas, probar recetas exóticas en restaurantes perdidos o  enamorarme muchas veces de galanes extranjeros. Quise ser una chica Bond en una aventura trepidante rodada entre Praga y París, o descubrir las radiaciones bajo las órdenes de Madam Curie mientras Poirot, el detective de Agatha Christie me daba cuenta de sus últimas pesquisas.

Todos esos sueños son lo que quise ser. Y no hace tanto tiempo de ello.

Ahora ya no quiero ser nada de eso. Muy posiblemente el tiempo de descuento en el cómputo de horas totales en mis alforjas,  no me permite pensar que tengo todo por hacer o que pueda aún ser lo que quería ser.  Cuando escuchas al árbitro pitar el comienzo de la segunda parte del partido, te limitas a luchar por amarrar los goles conseguidos y que el marcador permanezca estático, no vaya  a ser que un chute a puerta de los otros encuentre la forma de abrirse paso por la escuadra y desbarate todo lo que se ha logrado en los minutos anteriores,  sudando a chorros la camiseta.

Después de tanto camino, ahora solo sé lo que no quiero ser. En el espejo me miro y me asusto por si algún día voy y no me reconozco. La vejez da miedo, sí, pero no es solamente por eso. No soy tan floja como para que unos pliegues en mis ojos, unos surcos en mi piel o la flacidez de las mejillas me acogoten. O sí.

Pero no es eso. Lo que de verdad me angustia es que los golpes de la vida me conviertan en la madrastra torturadora y cruel que dedica su tiempo a contemplar su imagen verde y purulenta en el cristal mágico al que pregunta y exige ser la única y más grande, y a envenenar manzanas rojas con la que emponzoñar el alma de preciosas e inocentes criaturas que solo tuvieron la desgracia de toparse con ella en el camino. En esta vida hay mucha anciana cruel queriendo causar daños y lágrimas al resto. Y yo no quiero engrosar esa lista. No quiero dar codazos o patadas y no quiero ser karateka.

 

Hoy sé que no quiero ser esclava de galeras, ni vivir para contar monedas. No me gustaría llegar al final de mi cuento y que el final fuese tan abierto que no pudiese entender mi propia historia. Me gustaría un final redondo de un personaje profundo. Pero los finales de las historias se me han resistido muchas veces y sé que lo que digo no es tan obvio ni tan extraño y que un final forzado queda emplastado como una prótesis de plástico zafia y poco discreta.

Sé que no quiero ser gris sino lucir colores vivos como el violeta y el amarillo. Sé que quiero enlazar mis dedos largos, que nunca serán de pianista, con los dedos de mis semejantes, para que cuando tropiecen y caigan sepan que les ayudaré a levantarse. No quiero ser ciega a la mirada de los que piden ayuda, ni sorda a la voz del dolor. Quiero ser muletas para quien necesite asirse al dar unos pasos y acompañar al que camina afligido o secar las lágrimas del que está triste.

Me gustaría que mis hijos me dijeran algún día, gracias por no haber sido otra, madre. Gracias por haberte sido fiel. Les diré entonces que a veces quise ser otra, pero aprendí que en el juego de las identidades tal vez es más útil saber quien no se quiere ser que lo contrario. Porque lo que no quieres ser te define y te hace ser auténticamente quien de verdad deseaste ser.

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