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UNA DE RITMOS

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  • Moderato

Llevo cocinando todo el día. He preparado crema de carabineros, lubina al champán con su correspondiente fumet, y una hipercalórica tarta de zanahoria. Mientras cocino,  he leído  tres relatos, aunque no sabría decir de qué hablaban. Suena raro pero cocinar y leer son aficiones que para mí se presentan indisociables. No entiendo  la una sin la otra. No porque sea mujer ni  por falta de tiempo. La realidad es que comencé a hacer ambas cosas a la vez cuando él me dejó, hace ya tres años, y desde entonces no he parado. Fue una técnica que utilicé para llenar el vacío que dejó en mí ese fracaso y su ausencia. Me tiré tres días en el sofá viendo vídeos de Arguiñano y hojeando la colección de grandes clásicos de la literatura, aquella que años antes compré, por la sola razón de que el color del canto de los tomos hacía juego con las cortinas, cortinas que hacían juego con nosotros dos. Voy a servirme un vino.

  • Allegro

Las nueve. Voy y vengo deprisa, de la cocina al salón y del salón a la cocina. Todo listo. La música, la vajilla buena, la mesa para ocho, las velas perfumadas, la lubina en el horno…  En cuanto a mí, me he puesto el vestido rojo, el de estar impresionante, me he hecho ondas en el pelo y me he maquillado. Solo desentona mi ánimo. No pega. No soy yo. Es  el vino. Voy por la tercera copa y si me sirvo la cuarta, entraré sin remedio en el punto de no retorno. No podré pensar con claridad. Diré lo primero que me pase por la cabeza. Y entonces será como cuando se nubla el paisaje en verano. Aunque el resto sea encantador, deslucirá todo el conjunto.

Llaman. Corro a abrir. Entran en tropel. Unos me dan besos, otros los abrigos, otros traen obsequios y todos, todos hablan a la vez, atentando contra mi cabeza embotada y mi saber estar. ¿Cómo me he metido en este lío? No soy buena anfitriona. Ni siquiera soy sociable. Quiero que se vayan.

  • Grave

Creo que me he despertado pero no estoy segura.  Hay demasiado silencio y eso me confunde. No sé qué hora es. Todo parece oscuro y húmedo, como los sótanos de las películas de terror, como son siempre mis sueños. Tirito y pienso que tengo que cambiar la carpintería de las ventanas,  porque con el viento que entra por ellas se podría hacer Kite surf. Mi habitación debería llamarse Tarifa. Sonrío.  Encojo las piernas y me hago una bola bajo el edredón.  Me duele la cabeza por  todo el vino que tomé anoche. Fuera empieza a llover y las gotas golpean el cristal. Quiero quedarme entre las mantas para siempre. Entonces, me acuerdo de él y de lo que nos gustaba pasar  toda  la mañana del domingo en la cama cuando llovía. El tiempo no importaba. Se detenía y sólo existíamos nosotros dos. Y las gotas chocando contra el cristal.

Instantes  de la velada anterior empiezan a sucederse en mi cabeza. Aparecen desordenados y a cámara lenta. Qué bochorno, madre mía. Me tapo la cara con las mano con un gesto brusco. Y de pronto, a mí lado, un bulto  acaba de emitir un ronquido a modo de protesta.

Definitivamente, la noche se me fue de las manos. Ya no sé quien soy. Y aún peor, no sé quien es el que duerme junto a mí.

 

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